TRAMO SIN MUERTE

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TRAMO SIN MUERTE

Estos días de agua y viento son imposibles para la bicicleta. Los caminos embarrados, los 90 kilos, los 53 años y algún cigarrillo de más, no son la receta ideal para pedalear contra el empuje del viejo Eolo. Así que , como algo hay que hacer para intentar mantener la masa corporal bajo control y los pulmones en funcionamiento, me pongo las zapatillas y me me hago un Rajoy por la orilla del rio . Poco antes de llegar al embarcadero de “La Leyenda del Pisuerga”, ese barco del Misisipi que atracó hace años en nuestra ciudad en busca de pistoleros, algodón y jugadores de fortuna, hay un cartel que siempre me llama la atención: “Tramo sin muerte”. El cartel cuelga de un clavo sujeto a un árbol situado en la misma orilla. Siempre que pasó por ahí lo veo y esbozó una sonrisa. Muy apropiado.

Eso es lo que buscamos todos por la orilla del Pisuerga. Algunos sudan en zapatillas, pantalón corto y auriculares. Trotan soñando en mantenerse siempre jóvenes. mientras que el corazón late al ritmo acelerado de la música. Otros caminamos a buen paso intentando enlentecer lo inevitable. Más allá hay quien hace abdominales, o se cuelga de la barra, mientras observa al compañero mover los elementos de gimnasio callejero instalados bajo los árboles. A la vuelta del recodo, una pareja que camina abrazada, sueña que su amor también será interminable, también eterno. Las noches de primavera la orilla se llena de adolescentes desconcertados por el alcohol, que creen que el cuento de Peter Pan se hará realidad también en ellos. Más cerca del puente están los perros y sus amos, que observan sus carreras y sus jadeos a la vez que les acarician cabezas y lomos, esperando el lametazo húmedo y cálido de la lealtad animal. Por el agua se deslizan las piraguas rápidas y silenciosas, apenas líneas de colores, que alegran el cauce mientras remontan sin esfuerzo aparente la corriente.

La ribera del Pisuerga es un tramo sin muerte. Un tramo donde lo único que parece moverse hacia el océano silencioso de la eternidad, son las aguas siempre turbias de nuestro rio. Han cambiado sus orillas desde aquellos tiempos en los que los más valientes saltábamos de lo alto del trampolín de las piscinas Samoa, pero sus noches siguen escondiendo besos ocultos en los pilares del puente del cubo. Ya no está en La Rosaleda aquel bar en el que buscábamos unas caderas que acompañasen nuestro ritmo las noches de verano, pero siguen sentándose parejas de la mano en el pretil, mientras el río transcurre silencioso a su espalda.
Caminando por su orilla recuerdo aquellas lecciones de filosofía del padre Saborido. Recuerdo al viejo Heraclito el oscuro. “Nadie se baña dos veces en el mismo río porque todo cambia. Cambia el río y cambia el que se baña”. Sin embargo todo permanece. Permanece el sueño de las cosas eternas. El amor, la amistad y la esperanza. Hay un tramo sin muerte en el Pisuerga. Disfruten de él mientras puedan.