Tiempo de nacer, Tiempo de morir

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TIEMPO DE NACER, TIEMPO DE MORIR.

Para Pablo y sus Padres

Hoy todos los periódicos recuerdan la lucha de Pablo contra la leucemia, su campaña a favor de la donación que consiguió un incremento del 1000% de donaciones, pero sobre todo recuerdan su espíritu luchador. Hoy no abriremos un periódico que no muestre su foto  en portada.  Todos recordarán su amor a la vida, su exaltada defensa  de cada abrazo, de cada sonrisa,  de cada rayo de sol. Nada como la compañía cercana de la muerte para valorar la vida. Este chico ha compartido con nosotros su muerte en directo y nos ha enseñado a muchos  el valor del tiempo. Nuestro único tesoro. Nuestra única y auténtica posesión.

Tiempo es todo lo que tenemos. Hay quien piensa que tiene poder, dinero, cosas. Nada tienen. Son  ellas las que les  poseen. Pablo lo expresaba bien, porque lo sabía bien. Cada gota del zumo escaso y dulce de la vida merece ser saboreada. Debemos exprimirla hasta quedarnos con la cáscara deshecha en la mano.  Siempre que alguien me pregunta por una frase motivadora, por un texto que resuma  mi creencia, siempre  vuelvo al mismo sitio. Hace escasamente una semana  un periodista amigo  volvió a preguntármelo y  volví al   Ecclesiastes. Nada resume la vida de manera más precisa que  su tercer capítulo: ”Hay una época  para cada cosa y un tiempo para cada tarea bajo el sol. Tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de llorar y tiempo de reír. Tiempo de danzar y tiempo de hacer luto, tiempo de abrazarse y tiempo de separarse…”

Tiempo de separarse, ese es el tiempo para sus padres. El tiempo de hacer luto, el tiempo de rasgar.  El tiempo, incomprensible, de quien ha de coger el cuerpo, frío y yerto de su hijo  e introducirlo en una caja estrecha. Una caja incapaz de contener tantos recuerdos,  tantas sonrisas, tantas horas que no desaparecerán. Hoy  andarán medio aturdidos por los abrazos, las presencias y las urgencias. Hoy pasarán rápidas y emotivas las horas, ocupadas por los ritos de la despedida.  Pero llegará la noche, la hora de asomarse a la soledad de su habitación, de pasar la mano por sus libros, por sus muebles. Llegará la hora de ordenar su ropa, de meterla en los cajones. La hora en la que él volverá a hacerse presente en su ausencia. Esa extraña ausencia de los seres queridos. Esa ausencia que… ¡Los hace tan presentes!  Hay quien se pregunta qué es la eternidad. Hay quien duda de su existencia. Dudas  hasta que una tarde te  encuentras mirando esa fotografía de todos sentados en la escalera. Esa en la que esta él, en medio de todos, sonriendo y acompañándote más  que nunca.  Esa fotografía que lo resume todo. Dudas hasta que  vuelves a ponerte ese  abrigo que guarda su aroma y su manera  algo encorvada de caminar.  Dudas de la eternidad, hasta que un día te encuentras sentado, releyendo aquel libro que a él tanto le gustaba y vuelves a verle sonreír tras la humedad  que desborda tus ojos.

Hoy unos padres harán aquello para lo que nadie está preparado: enterrar a un hijo. Dar sepultura a un hijo  va contra la naturaleza de las cosas. Quienes hemos visto el dolor desgarrador de unos padres en el lecho de muerte de su hijo sabemos que nada  hay  comparable. Hoy acompañarán a Pablo deseando ser ellos. Hoy  acariciarán su  ataúd que les devolverá  por un instante, a través de la madera,  la cálida ternura de su hijo. Hoy volverán a una casa que será tan silenciosa y oscura que  parecerá que va a tragarlos para siempre. Pero en alguna esquina escondida de esa casa habrá una luz. Una luz que irá de nuevo, poco a poco, inundando la casa. La luz que dejan aquellos que amaron la vida amando a los demás. Descansa en paz Pablo.