En homenaje a ASOCYL

NADIE OYE EL GRITO DE LOS QUE NO TIENEN VOZ, NADIE ESCUCHA A LOS QUE NO QUIEREN HABLAR.
EN HOMENAJE A ASOCYLACTO3

Ya se que suena como una  tautología, pero no es así. Durante esta intensa y sucia campaña, esta campaña en la que el debate sobre las propuestas ha sido sustituido por las apelaciones al miedo, a la catástrofe y al voto útil, tuve la ocasión de acudir al debate mas intenso y menos ruidoso de en cuantos he participado. El debate en la asociación de sordo ciegos de Valladolid. Este debate me permitió abrir ojos y oídos a la realidad de quienes sufren la que, para mi sin duda, es la discapacidad mas severa de todas: el aislamiento. Ni ver , ni oir. Difícil imaginarse una situación mas desesperante. Sin embargo su aislamiento solo estaba en mi mente prejuiciosa. Encontré en ese debate mas escucha y mas capacidad de comprender al prójimo que en ningún otro de los que he asistido. Aprendí en esa tarde que escuchar no es una capacidad que dependa de tu sistema laberíntico, que ver no es una condición limitada por tu retina. Para escuchar y ver solo es necesario tener un corazón que no este centrado en tus propios problemas. Un corazón capaz de superar tus limitaciones. Un corazón  capaz de salir del aislamiento de la queja, capaz de superar el muro del rencor de quien siente que la vida es injusta con él. Un corazón que expresa en el tacto, en el calor del abrazo y en la caricia mas matices que el mejor de los discursos de la campaña.
No quise escribir este artículo aquel día, me habría sentido sucio utilizándolo en mitad de la campaña. Sin embargo aquella escena se quedo dando vueltas por mi mente todos estos días. No he parado de pensar en cuanto aprendí aquel día. No he parado de recordar la sonrisa de su presidenta y los silenciosos aplausos de los asistentes. Por eso hoy cuando toca volver a hablar de diálogos y de acuerdos me he acordado de ellos y he pensado que quizás pudieran servirnos de ejemplo a quienes volvemos a demostrar esa tremenda incapacidad de acuerdo que asola la política nacional. Quizás pudiéramos aprender de ellos a aislarnos de todo el ruido toxico que nos rodea. Aprender a silenciar a quienes nos elogian vociferando que reclamemos nuestra parte del pastel. Ponernos tapones de cera como Ulises para no oír los cantos de sirena de quienes nos alaban e incitan al combate, tan solo porque esperan la recompensa del poderoso. Quizás pudiéramos cerrar los ojos a la ambición personal para poder ver las necesidades de todos, no solo de los nuestros. Si pudiéramos, como ellos, volvernos sordos y ciegos durante unos días. Si pudiéramos escuchar solo nuestro corazón, quizás oyésemos las voces de quienes no han querido hablar esta vez. Si consiguiésemos quedarnos ciegos y sordos a las sirenas de la soberbia podríamos llevar el grito de quienes no pueden hablar al gobierno de nuestra nación.